
Todos los conflictos en sus diferentes grados cuentan con una definición del espacio como elemento central para poder articular los discursos enfrentados de los actores. Esta centralidad del espacio se ve en la guerra, en la lucha contra la delincuencia o la lucha de ciudadanos “rebeldes” contra los poderes fácticos del sistema globalizado.
De suma importancia es comprender la guerra como parte natural de la conducta humana que modifica y está determinada a su vez por el contexto social. Una buena muestra de esto nos la daba Marvin Harris en su obra Vacas, cerdos, guerras y brujas: los enigmas de la cultura al hablar de los indios Yanomamis, un pueblo par el que la guerra era una forma de adaptación a un medio hostil y que configuraba sus estructuras sociales. Así, podemos afirmar, como dice Alessandro Dal Lago, que la guerra transforma la sociedad y modifica profundamente las formas de la vida social. Un ejemplo paralelo a este es la conquista del Oeste en los Estados Unidos, acción de colonialismo interior que generó a su vez sociedades femeneizadas en las que las mujeres cuaqueras ejercían las labores de administración y de poder en estas sociedades de frontera. Al finalizar la conquista, con el retorno de los hombres, las mujeres se vieron de nuevo relegadas a posiciones subordinadas, lo que dio lugar a los primeros movimientos feministas de la historia.
Actualmente, la guerra contra el terror ha generado una estructura sociopolítica de carácter militarizado a nivel global, puesto que el discurso preponderante nos ha llevado a la ubicuidad de la guerra. Esta presencia de la guerra en nuestras vidas no se limita al espectro del terrorismo, sino que produce una movilización que reorienta establemente nuestros hábitos, especialmente en lo que respecta a nuestra visión del otro. Alessandro del Lago introduce dos conceptos clave para entender este cambio “cultural” que se ha dado en los últimos años
El primero de ellos es el primado de la seguridad que significa en última instancia la militarización del control social y la gestión en términos militares de las amenazas a las sociedades occidentales que provienen del exterior o del interior. Esto coincide con lo que nos dice Cairo y Pastor, según los cuales las “operaciones de policía” ya no se desarrollan exclusivamente en el interior del Estado. En este sentido podemos citar también a Laurent Bonelli cuando nos habla de la transformación policial vivida por las instituciones francesas de carácter social, especialmente los profesores. Este principio tiene la repercusión inmediata de levantar las sospechas sobre cualquier fuente de oposición y sobre ciertas categorías de seres humanos como los inmigrantes (lo que contradeciría las concepciones sobre multiculturalismo en sociedades liberales que defienden autores como Kymlicka), a los que se ve como sospechosos.
El segundo principio sería el del primado de la decisión armada, por el cual se afirma el principio de ingerencia militar de Occidente en todo el mundo (lo que en mi opinión ha sido una constante de todo el periodo en el que Wallerstein sitúa el sistema-mundo, interrumpida únicamente por la oposición del bloque comunista durante la Guerra Fría).
Sin embargo, el discurso generalizado en la guerra contra el terror ha sido utilizado por otros múltiples actores de la escena mundial para reconstruir los imaginarios de sus propios conflictos. Dos ejemplos claros de esto los constituyen Rusia en su concepción del conflicto checheno y Colombia al tratar el problema con la guerrilla. En el segundo de los ejemplos, tenemos un buen análisis por parte de Erika María Rodríguez, que os describe como los diferentes gobiernos colombianos han adaptado su discurso a los imaginarios hegemónicos, pasando por el anticomunismo, la lucha contra el narcotráfico hasta llegar a la lucha contra el terrorismo, eliminando el presidente Uribe incluso toda mención a la existencia de una guerra interna.
Esta visión geopolítica se expande igualmente a la población mundial, a la que se accede a través de un bombardeo informativo por vía de diferentes medios como de obras literarias, musicales, pictóricas. Desde este punto de vista podríamos pensar en Dostoyesky, quien en su obra “Los hermanos Karamazov” nos muestra la necesidad de dotar a los individuos de un sentido a su vida ante su incapacidad para ser libres. Este sentido de la vida quedaría establecido actualmente por la construcción de esas construcciones del mundo que nos inundan en un discurso lineal por parte de unos medios de comunicación monopolizados por grandes grupos mundiales.
Sin embargo, podemos hablar de resistencias por parte de diferentes actores, que contraponen discursos alternativos y constructos espaciales opuestos a la imaginación general. Entre estos “galos resistentes” hay diferentes actores y grupos. Nos referiremos aquí a tres de ellos: Los indígenas y afrodescendientes de Colombia, los jóvenes de los barrios marginales franceses y los colectivos de resistencia frente a las poderes fácticos mundiales.
De los primeros nos habla Luis Carlos Castillo, mostrándonos cómo ante el conflicto de larga duración colombiano, han desarrollado estrategias de resistencia convirtiendo sus territorios en símbolos de paz frente a la violencia continua de los actores armados. Hay que tener en cuenta el valor religioso que el territorio tiene para los indígenas, que supone un elemento sagrado de su cultura clave para su supervivencia como pueblo. Una crítica a estas estrategias por parte del resto de la población ante estas estrategias es su desentendimiento del resto de la población y de las raíces del conflicto.
En cuanto al segundo colectivo, es descrito por la ya nombrada Laurent Bonell, quien indica que “estos jóvenes se construyen una identidad hecha de valores y normas comunes que enfatizan solidaridades espaciales en torno al barrio, como se puede ver en la fantástica película “La haine”. Frente a este solidaridad espacial, estos jóvenes se ven degradados por el resto de la sociedad y la presión policial, viendo degradados esos espacios a geografías urbanas de la delincuencia, configuradas como zonas de “no-derecho” en manos de los delincuentes.
Por último, el colectivo de protestantes contra el G8 que os muestra Pablo Iglésias, es capaz también de disputar el poder de iniciativa a dichas instituciones, mediante estrategias para mostrar la violencia estatal (con representaciones de lucha con las fuerzas policiales, fuerzas que por experiencia propia durante las manifestaciones en la última Cumbre del G8 en Rostock constituyen verdaderas fuerzas de choque militarizadas que expresan el monopolio de la violencia y la intimidación del Estado de forma perfecta), así como tomas de los espacios para reconvertirlos en lugares generadores de comunidad. Dentro de este último colectivo difuso, quiero mencionar dos obras que reflejan a la perfección estas resistencias. La primera de ellas pertenece a Naomi Klein, No logo, donde se puede observar de manera cristalina la lucha por los espacios públicos frente a su comercialización e invasión por el conglomerado de multinacionales. En segundo lugar, la obra de Vandana Shiva, Manifiesto para una democracia de la tierra, en el que aparecen las luchas de los agricultores por la definición de la tierra como fuente de sustento y vida y no de negocio, lo que al desarrollarse en sentido contrario hace que el desarraigo de estos colectivos genere nuevos conflictos, especialmente en los países en vías de desarrollo.
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