martes 20 de mayo de 2008

Ciudadanía e Inmigración en el siglo XXI

Actualmente, podemos decir que vivimos un auge en los estudios referidos a la ciudadanía, que fue precedido del mismo entusiasmo por el estudio de la democracia. Múltiples autores y visiones diferentes nos han mostrado diferentes ideas acerca de este concepto y sus nuevas realidades, redefiniendo la idea de ciudadanía asociada al tradicional estado-nacional y que articulaba, en alguna medida, las lógicas contrapuestas del mercado y la inclusión del individuo mediante el Estado de Bienestar. En palabras de Keating (1996: 50),

el Estado de Bienestar mismo ayuda a fomentar la identidad y la unidad nacionales a través de unir ciudadanía a beneficios materiales a todos los miembros de la sociedad nacional. El Estado de bienestar hace compatibles imperativos contrapuestos: ciudadanía, que se basa en igualdad y universalidad y el mercado, que se basa en la desigualdad, competición y la exclusión.

Hoy en día, además del desmantelamiento cada vez más evidente del Estado de Bienestar, otros fenómenos hacen tambalearse la concepción tradicional de la ciudadanía. Entre ellos, podemos citar la transformación de las relaciones de trabajo (lo que transforma los sentimientos de pertenencia colectiva) y de manera principal, los flujos migratorios masivos que en los últimos 30 años han desafiado y extendido las fronteras de los sistemas de Estado-nación vigentes hasta hoy. Derivado de este fenómeno, se produce una contradicción entre un estado soberano que controla la entrada y salida de los individuos en su territorio y la extensión del concepto de derecho universal que parece debiere extenderse a todos los individuos con independencia de su condición de ciudadano o no (Sassen, 2001).

Al hablar del fenómeno migratorio, podemos fijar nuestra atención en dos aspectos particulares: las causas de estos flujos de personas y el estatuto de los migrantes en los países de acogida y su consideración como colectivo.

Respecto a las causas que inician la inmigración, existe una visión liberal que individualiza la decisión de este viaje, fijando sus causas últimas en la división internacional del trabajo que hace que los flujos a economías más avanzadas sean parte de una lógica capitalista regida por la oferta y la demanda y las decisiones individuales racionales. Sin negar este hecho, autores como Mezzadra (2005) sitúan la migración en lo que él denomina “derecho de fuga”, que pone de relieve las motivaciones subjetivas del individuo migrante frente a las causas objetivas que resaltaba la concepción economicista. Por otro lado, el mismo autor pone de relieve que la tradicional división geopolítica entre Centro y Periferia ha dejado paso a una imagen de irregularidad en la que “cada vez hay más periferia en el centro y más centro en la periferia” (Mezzadra, 2005:20). Desde otro punto vista, Sassen (2001) establece como los dos principales mecanismos de vinculación entre los países de emigración e inmigración son los lazos coloniales del pasado y los actuales lazos neocoloniales (que él sitúa en las acciones militares, pero a los que también podemos sumar las inversiones extranjeras directas o la ayuda al desarrollo).

Sin embargo, uno de los debates más candentes actualmente en las ciencias sociales se dirige a la cuestión de la inmigración como fenómeno redefinitorio de la democracia y la ciudadanía. Varias corrientes mantienen un debate apasionante sobre dicha cuestión, pudiendo citar principalmente a liberales y comunitaristas, defensores de la ciudadanía diferencial y teóricos de la virtud cívica.

Entre los primeros tenemos a Kymlicka (2002) quien define tres tipos de derechos exigidos por las minorías que pueden ser cumplidos y generarían la inclusión de dichos colectivos dentro de una democracia liberal. Estos derechos consistirían en derechos especiales de representación, derechos de autogobierno y derechos multiculturales (es decir, respetar ciertas tradiciones culturales del grupo). Kymlicka (1996a) diferencia además entre dos tipos de colectivos minoritarios, con diferentes intereses y a los que se aplicarán unos de estos derechos y otros no. Son las minorías nacionales, que buscarían lograr su propio nation-building alternativo al mayoritario, e inmigrantes, a los que atribuye un afán y un destino de integración en la cultura societaria mayoritaria, buscando únicamente unos términos de integración más justos. Charles Taylor (1993), representante de los comunitaristas, introduce además el concepto de reconocimiento, refiriéndose a la valoración positiva por parte de la sociedad de la cultura del individuo perteneciente a la minoría como clave de la convivencia en sociedades multiculturales.

Frente a estas concepciones, Mezzadra (2005) mantiene que el migrante no tiene porqué querer naturalizarse o constituirse ciudadano del país de acogida, aunque si requiera y exija el reconocimiento de sus derechos. Por otro lado, tampoco su cultura originaria (que además es sujeto de idealización perversa por gran parte de la izquierda) tiene porqué serle impuesta, ya que al abandonarla, el migrante se ha convertido en lo que este autor llama un “individuo de frontera”, aunando los dos espacios y estableciento un nuevo espacio de transición. A este concepto de frontera, Mezzadra contrapone el de confín, como el espacio cerrado delimitado por la autoridad restrictiva de los gobiernos. Para este autor, es criticable la concepción de las fronteras como elementos innatos del sujeto y que se objetivan y expanden a las entidades políticas, generando seguridad. Una visión de la frontera que queda plasmada en las palabras de Magris (2001:63) cuando nos dice que “toda frontera tiene que ver con la inseguridad y con la necesidad de seguridad”[…]“la frontera conforma una realidad, proporciona contornos y rasgos, construye la individualidad, personal y colectiva, existencial y cultural”.

Otra de las concepciones referentes al status de ciudadanía hoy en día es el de la ciudadanía diferenciada, según la cual, el intento de crear una concepción universal de la ciudadanía que transcienda las diferencias grupales es injusto y conduce a la opresión de los grupos excluidos por dos razones. La primera es que los grupos culturalmente excluidos están en desventaja de cara al proceso político y la segunda es que los grupos culturalmente excluidos tienen necesidades particulares que sólo se pueden satisfacer, mediante políticas diferenciales. Un paralelismo que podemos hacer respecto a Mezzadra (2005) se refiere a la afirmación que hace este sobre la igualación entre el estatus precario de los inmigrantes y la pobreza y vulnerabilidad de otros excluidos en las sociedades de acogida, ya que en la ciudadanía diferenciada, los colectivos que requieren de ésta no están definidos por cuestiones culturales o étnicas, sino que serían tanto mujeres, jóvenes, desempleados u otros colectivos desfavorecidos.

Para concluir, queda entonces en el aire la cuestión de la construcción de nuevos modelos de convivencia y por lo tanto, de nuevas categorías políticas y sociales. Mezzadra (2005) sostiene que la migración ha supuesto un elemento redefinitorio, tanto en las sociedades de origen como en las de acogida y que su lucha reivindicativa por obtener derechos está construyendo nuevos límites a la democracia, entendida esta como una “comunidad de interrupciones, de quiebros, puntuales y locales” (Rancière, citado en Mezzadra, 2005:154) en el que los que están fuera del sistema lo desafían y pueden redefinirlo para generar un nuevo sistema incluyente. En este sentido indica Javier de Lucas (2001) al pensar en la necesidad de incluir a los inmigrantes como parte del cuerpo constituyente que genere la identidad y la ciudadanía europea, puesto que forman ya parte del cuerpo vivo de las sociedades que conforman la Unión Europea. Frente a las tendencias iusnaturalistas que hoy en día vuelven a retomarse para superar la dicotomía entre ciudadano y residente en un Estado, yo mantengo la necesidad de redefinición de la democracia mediante un nuevo pacto social, mostrando mi acuerdo con los republicanistas respecto a la participación de los individuos en la política (junto a la primacía de ésta) para alcanzar una sociedad más inclusiva. Citando a Jurgën Habermars para concluir,

sólo una ciudadanía democrática que no se cierre en términos particularistas puede preparar el camino para un status de ciudadano del mundo o una cosmociudadanía.

Bibliografía

- HABERMARS, J. (1998) “Ciudadanía e identidad nacional”, en Habermars, J. Facticidad y validez, Complementos y estudios previos. Madrid: Ed. Trotta.

- KYMLICKA, Will (1996) Ciudadanía multicultural. Una teoría liberal de los derechos de las minorías, Ed. Paidos, Barcelona.

- KYMLICKA, Will (2002) “El nuevo debate sobre los derechos de las minorías” en Requejo, Ferrán (cord.) Democracia y pluralismo nacional, Ed. Ariel, Barcelona.

- KYMLICKA, Will y NORMAN, Wayne (1996), “El retorno del ciudadano. Una revisión de la producción reciente en teoría de la ciudadanía” en La Política nº3.

- De LUCAS, Javier (2001) “Ciudadanía y Unión Europea intercultural” en Antropos nº 191.

- MAGRIS, Claudio (2001): «Desde el otro lado. Consideraciones fronterizas», en Utopía y desencanto. Historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad. Barcelona: Anagrama. pp. 55-70.

- MEZZADRA, Sandro (2005) Derecho de fuga. Migraciones, ciudadanía y globalización. Madrid: Ed. Traficantes de Sueños.

- SASSEN, Saskia (2001) ¿Perdiendo el control? La soberanía en la era de la globalización. Barcelona: Ed. Bellaterra.

- TAYLOR, Charles (1993) “La política del reconocimiento” en Gutman, A (comp.) El multiculturalismo y la política del reconocimiento, Fondo de Cultura Económica, México.

- YOUNG, Marion (2000) La justicia y la política de la diferencia, Ed. Cátedra, Madrid.

1 comentarios:

Luxx dijo...

Tu entrada me parecio caída del cielo.
Estudio Ciencia Política en la Universidad Nacional Autónoma de México y estoy intentando desarrollar mi tesis en el impacto del Multiculturalismo en la concepción de ciudadanía, derivado de los fenómenos migratorios.
Apenas he comenzado, pero estoy un poco atorada en la estructura de mi investigación y es más que nada porque en México no se trata mucho el tema de la manera en la que la quiero abordar. Primero, porque al hablar de multiculturalismo se refieren casi automáticamente a la autonomía indígena y su debate, y segundo porque al mencionar "migración" salta la problemática de los migrantes mexicanos en Estados Unidos. Yo me quiero centrar en la migración al sur de la frontera con Centroamérica (que es igual de real y en ocasiones mucho mas violenta que en el norte) y los indígenas en las ciudades -invisibles- y cómo el multiculturalismo afecta las relaciones sociales.

Se que puede sonar complejo, sobretodo porque quisiera abordar a la ciudadanía desde el interaccionismo simbólico y no tanto desde los derechos democráticos, sobretodo porque me parece un discurso muy gastado y que termina por justificar la subordinación de la cosmovisión de los grupos minoritarios a la del Estado Nacion.
En fin, todo esto para pedirte consejos, recomendaciones o algun tip para mis fines, me gustaria ponerme en contacto contigo, si no es molestia y ojalá pudieras recomendarme libros o autores (fuera de Kymlicka y Mezzandra, no conozco más y los libros que están en la bibliografía no se publican aqui)
Asi que esperaré atenta a tu respuesta. Gracias de antemano.