Una de las concepciones geoestratégicas más novedosas nos la da Thomas P.M. Barnett, que estructura un mundo dividido entre países “conectados” a la globalización y estables, que constituirían lo que él denomina el Core System y los países “desconectados” e inestables, de los que procederían las mayores amenazas para los EEUU y las mayores oportunidades para las redes criminales y terroristas, denominando a este conjunto heterogéneo de Estados el Gap.
En torno a este modelo, quisiera centrarme en la cuestión de la soberanía, el territorio y las nuevas guerras “difusas” entre actores no tradicionales. Estos tres elementos serían definitorios de las entidades que forman parte de ese Gap, que incluiría estados sin control territorial efectivo, con soberanías reducidas (al compartir el monopolio de la violencia con otros actores) y sufriendo guerras perpetuas y caóticas (desde el punto de vista del Core System por supuesto). El caso africano sería paradigmático en este sentido, excluyéndose sólo en el mapa de Barnett Sudáfrica. Sin embargo, este fenómeno no es innato, sino que esta desestructuración de los estados del continente tiene sus raíces en la historia de la creación de estos Estados.
Soberanía negativa
Territorio y estado moderno han llegado a ser casi sinónimos, ocupando el territorio un papel central en la concepción tradicional jurídico-política de la soberanía. Debemos tener en cuenta que este Estado supone una noción puramente occidental y relativamente novedosa, ya que hasta el siglo XX sólo se aplicaba a países que cubrían una superficie del 3% de la tierra, según nos dice Kaplan. Sin embargo, esta entidad estatal, organización política genuinamente occidental, fue utilizada por la mayoría de las colonias como único medio de expulsar a los europeos de los territorios que habían ocupado durante el siglo XIX, ya que sólo mediante el reconocimiento por las Organizaciones Internacionales de esta estatalidad, podían formar parte de la Comunidad Internacional como naciones independientes. Podríamos hablar así de un concepto de soberanía negativa, consistente en el reconocimiento internacional y la garantía de no injerencia, frente a la soberanía positiva que estaría definida por el monopolio del uso de la violencia sobre una población y territorios definidos.
Así, podemos decir que los líderes de la independencia heredaron estados y no naciones. Además, estos Estados postcoloniales carecían o era mínima de una soberanía empírica, limitada en muchas ocasiones a la capital o a áreas concretas del país. El territorio imaginado de los mapas jugó un papel de suma importancia en esta concepción de la soberanía, en la que se daban unas fronteras artificiales, estructuras administrativas diseñadas para “explotar las divisiones locales y unas estructuras económico-administrativas concebidas para satisfacer las necesidades de las metrópolis. Un ejemplo claro de esto lo tenemos en el Congo, donde se impuso la concepción del Congo como el espacio delimitado por el gobierno colonial de Lumumba frente a otras ideas más dirigidas hacia espacios menores y más fragmentados ligados a la etnicidad, el lenguaje o las memorias regionales. Más allá de las fronteras patentes en los mapas y el sufrimiento compartido durante el pasado colonial, la identidad del Congo no existía.
A través de esas fronteras artificiales, se delimitó un territorio, que pasará a ser un de los principales medios para generar una identidad, con mayor importancia que otros generadores de identidad como la etnia, el lenguaje o la cultura. Esta concepción rígida de las fronteras, chocaba con la tradición africana en la que estas fronteras eran fluidas y variables, siendo natural el desplazamiento de poblaciones ante periodos de escasez o conflictos, lo que regulaba la presión poblacional sobre los recursos y disminuía la violencia intergrupal. En contraposición con esta visión flexible, las políticas fronterizas de las autoridades se vuelven rígidas ante la debilidad de la soberanía efectiva en estos territorios.
Los Estados africanos, tras los procesos de colonización, llevada por las dificultades e inseguridades afrontadas por los nuevos Estados frente a procesos de secesión y rebeliones diferentes contra el poder central, así como luchas tribales, deciden, reunidos en Addis Abeba hacer de las fronteras heredadas de la colonización un elemento sagrado que se debía respetar, lo que se plasma en una resolución de 1964 emitida en la Cumbre del Cairo. Se da así, como nos dice Cairo (2004: 1011) la celebración del territorio como un hecho sagrado y central de los Estados- nación, en este caso africanos.
Esta realidad aparentemente estable se quiebra en los años 90 durante los que, tras el fin de la guerra fría ganan visibilidad conflictos largamente olvidados y sobre todo, el genocidio rwandés y la Guerra de los Grandes Lagos (la llamada “Guerra Mundial Africana), son desafiados estos mapas cognitivos mantenidos por las potencias Occidentales, así como el mismo concepto de Estado-nación marcado por fronteras estables.
Guerra y nuevos actores
Pasamos así a discutir la guerra como fenómeno ligado al territorio. La idea del conflicto centrado en la posibilidad de alcanzar integridad territorial, la defensa de ésta frente a terceros o la búsqueda de su restauración, ha dejado de tener vigencia frente a fenómenos de desintegración estatal, en los que aparecen nuevos actores que no aspiran a controlar un territorio, sino a obtener poder o recursos económicos. El colapso de los estados en África (el concepto de “estado fallido” es complejo, existiendo diferentes categorías según las dimensiones destacadas de este fenómeno, por lo que prefiero hablar de estados colapsados), responde a una nueva lógica de algunas élites africanas en la búsqueda de recursos, privilegio y estatus, beneficios que el estado postcolonial no podía aportarles ya en la nueva coyuntura internacional (el fin de la Guerra Fría había traído una disminución considerable de las ayudas económicas y una mayor presión hacia la democratización). Así, estas élites políticas, encontrarán otras fuentes de autoridad y beneficios en actividades criminales o el comercio ilegal, comenzando una lucha por el control de territorio, pero no para establecer nuevas entidades soberanas, sino para poder desarrollar las actividades económicas vinculadas a la guerra. Volveríamos así a vivir conflictos difusos premodernos, que nos recordarían a las guerras medievales anteriores a la Paz de Westfalia.
Estos conflictos además, están en muchos casos ocultos para la población occidental, no alcanzan los medios de comunicación (por lo que no pueden entrar en el juego del espectador-deportivo de la guerra) porque se da entre personas y en países que no están representados en los mapas, en los que se mantienen las fronteras imaginarias que nos producen la seguridad de que el mundo es estable. Respecto a este desconocimiento y llevando más allá el concepto del Gap de Barnnet, en el caso de África podemos decir, recurriendo a Kaplan (1994), que esta retracción de un poder central, los conflictos tribales y regionales y la recurrencia de los conflictos violentos, hacen aparecer de nuevo al continente en los Átlas victorianos, como una serie de centros comerciales costeros y un interior salvaje, dejado a la violencia, la enfermedad y finalmente no adecuado para el hombre blanco, a riesgo de volvernos como Kart, el protagonista enloquecido el Corazón de las tinieblas.
En este mundo dividido entre un Core System conectado al mundo y un Gap desconectado y peligroso, habría dos hombres diferentes, de los cuales el primero sería el Último Hombre de Fukuyama y Hegel, saludable, bien alimentado y apoyado por la tecnología, mientras el otro, mayoritario en el mundo sería el Primer Hombre de Hobbes, condenado a una vida pobre, sucia, brutal y corta (Kaplan, 1994: 60)
Dentro de éste último hombre de Hobbes, que supone un numeroso colectivo, para quien la comodidad y la estabilidad de la vida de clase-media son desconocidas, debemos encontrar a los individuos que están naturalizados con el estado de guerra, sintiendo esta como una oportunidad más que como una desgracia, convirtiéndose así ésta en un fin en sí misma más que un medio. Entre estos debemos también, en la visión de Barnett, las nuevas amenazas a la seguridad de occidente, siendo la solución retomar la construcción de Estados con una autoridad central con el monopolio de la fuerza y un territorio definido, es decir, la vuelta a los conceptos tradicionales de soberanía. Conceptos tales como la democracia, los derechos humanos o la lucha contra la pobreza parecen no estar en esta propuesta, aunque en mi opinión, son la base de una legitimidad que no se podrá lograr manteniendo únicamente el concepto de un poder sobre un territorio delimitado por unas fronteras estables, aunque al mirar en un mapa estas entidades estables e imaginadas nos sintamos más seguros en nuestro Core System.
Bibliografía:
§ Cairo, Heriberto (2004) “The Field of Mars: heterotopias of territory and war” en Political Geography, nº 23 pp:1009-1036
§ Dunn, Kevin C. (2003) Imaging the Congo (the international relations of identity). New York: Ed. Palgrave Macmillan.
§ Fernandez, Murhola (dir.) (2007) Esquisse sur la problématique d´une paix durable en Republique Democratique du Congo. Kinshasa: COJESKI/RDC
§ Kabunda Badi, Mbuji (1999) El nuevo conflicto del Congo. Dimensión, internacionalización y claves. Madrid: Ed. Sial.
§ Kaplan, Robert D. (1994) The Coming Anarchy. How scarcity, crime, overpopulation, tribalism, and disease are rapidlydestroying the social fabric of our planet, The Atlantic Monthly, Febrero, pp:44-77. Disponible en http://www.theatlantic.com/doc/199402/anarchy
§ Peñas, Francisco Javier (Ed.) (2000). África en el sistema internacional. Madrid: Ed. Los libros de la Catarata.